Diario de un Gourmet

Mauricio de Hinx

Hoy, calor. Canícula. El mar sestea bajo los rayos del sol. En el pinar el sonido es ensordecedor, ¡festín de cigarras! Una leve brisa atempera la habitación. Escribo. Las palabras fluyen siguiendo el ritmo del teclado del ordenador.

Ayer acabé de releer un libro magnífico. Es un friso de Alemania durante la depresión que padeció después de la Gran Guerra. El libro se titula ‘Una princesa en Berlín’ (Tusquets Editores. Colección Fábula). Fue escrito por Arthur R.G. Solmssen. Cuenta las vivencias de un joven pintor americano en el Berlín de la república de Weimar, una época muy convulsa. El libro es trepidante e interesante, conjuga las vicisitudes personales del protagonista con los avatares socio-políticos de los primeros años veinte en Berlín. Entiendes, leyéndolo, muchas de las cosas que pasaron después y entiendes muchas de las cosas que pasan ahora: la rigidez económica alemana de la actualidad viene de las lecciones aprendidas en esa época. Sin duda, un libro muy recomendable.

Después de leer una novela tan buena, me encuentro, como siempre me pasa, huérfano de lectura. Me da la sensación de que no voy a encontrar nada que me llene como me ha llenado el libro que he acabado de leer; pero no me pongo nervioso, sé qué pronto encontraré algo excelso.

La pandemia no para, yo he decidido seguir medio confinado. Soy consciente de que soy un privilegiado: trabajo en casa. El escritor es un solitario que coincide con sus congéneres de tanto en tanto y que no necesita de grandes algarabías; le basta con intercambiar opiniones con un selecto grupo de amigos escogidos. De hecho, el escritor, de una nimia conversación puede crear un nuevo universo para desarrollar su imaginación. Por ejemplo, hoy vienen a cenar un grupo de íntimos, ¡cómo no! Somos ocho, un número muy adecuado para que se produzca una conversación interesante y surja la chispa para la fabulación.

El libro es trepidante e interesante, conjuga las vicisitudes personales del protagonista con los avatares socio-políticos de los primeros años veinte en Berlín. Entiendes, leyéndolo, muchas de las cosas que pasaron después y entiendes muchas de las cosas que pasan ahora: la rigidez económica alemana de la actualidad viene de las lecciones aprendidas en esa época

Mar, me ha comentado esta mañana, antes de irse a la playa con unas amigas, que se encargará de la decoración de la mesa; lo que quiere decir que me toca cocinar a mí. No me importa, hoy me apetece cocinar. Va a ser una cena ligera. De primero serviré gazpacho (el clásico, el de toda la vida; sin fresas, remolacha o la que sea) y de plato principal berenjenas rellenas. ¡Este mes, es el mes de las berenjenas! La receta como siempre tiene un truco que permite una muy buena presentación. Lo primero que hago es cocinar la berenjenas enteras en el horno; cuando están bastante cocidas (blandas) las sacas y las dejas enfriar. A parte, haces un buen sofrito, al que le añades carne picada y especias a gusto. Cuando las berenjenas están frías, las masajeas para que se desprenda parte de la pulpa de la piel y haces un solo corte longitudinal, por donde la extraes (sin romper la berenjena). Esta pulpa se sazona y se mezcla con el sofrito. Luego, solo resta volver a rellenar las berenjenas. El resultado es que cada una es como un cuenco rebosante de relleno. Y se vuelven a hornear espolvoreadas de queso rallado. Nada, ¡un manjar! Acompañaré la cena con un vino blanco excepcional. Creado, en ‘els costers del Segre’, a 1.000 metros de altitud, por el vigneron Raül Bobet. Se trata de un riesling, el Ekam. Un vino que vale la pena probar.

Ahora, las cigarras se han callado. La leve brisa se ha convertido en viento. Un viento fresco que llega del mar; la canícula tiene los días contados.