DIARIO DE UN GOURMET

Mauricio de Hinx

Hoy, octubre, París. Día soleado. Límpido. Los jardines de Luxenburgo se despiertan con el rocío. Ando rápido entre los olmos mientras sus hojas huyen mecidas por una leve brisa. Esta noche llovió. Las hojas que están en el suelo forman una alfombra marrón con destellos de cielo. Recito para mí el verso de Cernuda: ‘Siento fluir bajo el otoño/pálidas aguas sin fuerza/mientras se olvidan los árboles de las hojas que desertan’.

Estoy en Paris acompañando a Mar. Ella tiene trabajo. Organiza un ciclo de conferencias sobre la microeconomía en el mundo mediterráneo. Mientras yo hago lo que más me gusta, pasear ensimismado por la ciudad. Es la forma mejor para conocerla. Hago un tipo de paseo suave sin destino predeterminado pero al mismo tiempo atento a todo lo que sucede. Ahora por ejemplo estoy en la rue Jacob y miro una fachada anodina de un edificio sin importancia estilística. Pero para mí el balcón y las ventanas del segundo piso son muy interesantes. Resulta que en este piso se refugió mi madrina durante la guerra. Era el mes de junio del cuarenta y cuatro, el ejército alemán ocupaba desde hacía cuatro años la ciudad. A principios de mes, un grupo de adolescentes, apenas tenían dieciséis años, decidieron poner una bomba en un puesto de control de la Wehrmacht. Mi madrina comenzaba el relato así: ‘Habíamos decidido poner una bomba cerca de la epicérie de monsieur Blanchard junto a la rue saint Honoré… ¡Oh, éramos tan jóvenes!, casi niños…, y estábamos tan indignados ante la barbarie de esos años oscuros de guerra, que actuábamos más con el corazón –con nuestro coraje − que con la cabeza. Aquel día amaneció gris, la lluvia empapaba las calles. A primeras horas de la mañana la ciudad se despertaba perezosa. Casi no había circulación por los bulevares. La gente estaba encerrada en sus casas. La noche anterior se habían escuchado bombardeos lejanos.’

Ando rápido entre los olmos mientras sus hojas huyen mecidas por una leve brisa. Esta noche llovió. Las hojas que están en el suelo forman una alfombra marrón con destellos de cielo

El atentado del grupo de adolescentes acabo en tragedia. Mi madrina y una amiga se pudieron escapar y se refugiaron en este piso, que ahora contemplo, de la rue Jacob. ‘Con la muerte de Guillaume –contaba mi madrina − el mundo se vino abajo. Me escondí, junto con Catherine, en el apartamento de la rue Jacob. Estuvimos allí encerradas veinte días con sus noches, esperando… Aisladas. Sin ningún contacto con el exterior. Sólo el trasiego de la calle que observábamos desde detrás de los visillos nos mantenía en contacto con lo que pasaba fuera. Eran retazos de vida: los puestos del mercado por las mañanas, el ajetreo de las terrazas de los bares, las odiosas patrullas, las carreras nocturnas con los disparos, el paso de aviones… Hasta que una mañana nos asaltó un gran revuelo. La calle estaba llena de gente dando vítores. ¡París había sido liberado! Salimos al balcón y nos invadió una inmensa alegría, nos besamos y nos abrazamos; lloramos con el consuelo de que se había acabado la pesadilla.’

Después del recuerdo, sigo mi paseo ensimismado hacía Ladurée pensando en Luis Cernuda; seguro que él hubiera escrito un poema sobre ese día.