Diario de un gourmet

Mauricio de Hinx

Hoy, paciencia. El sedal de la caña se tensa y el pescador observa paciente. El pescador y su caña humanizan el paisaje. Hay en la imagen quietud, templanza. Ahora, miro como mira el sedal y veo lo que él siente. Su atención está focalizada en la punta de la caña para atisbar la posible presencia de un pez que quiera comer la carnada. Es extraño que en esta época de prisas en la que con un click en cuestión de milisegundos conectamos con todo el mundo en un frenesí incansable e insaciable, aún exista el pescador que con su caña se mantiene impertérrito durante horas esperando paciente la picada de un pez. Creo que gracias a ellos, a los pescadores de caña que mantienen viva la virtud de la paciencia, aún nos podemos salvar.

El sedal de la caña se tensa y el pescador observa paciente. El pescador y su caña humanizan el paisaje. Hay en la imagen quietud, templanza. Ahora, miro como mira el sedal y veo lo que él siente

Sí. Vivimos en un mundo de frenesí, alejados del pescador paciente. Hoy, sin ir más lejos, antes de observar el paisaje humanizado por el pescador paciente, he recibido un correo de mi editor australiano que quiere un artículo sobre los quesos mediterráneos. Nada. ¡Solo son 15.000 caracteres! Además, ¡quiere el artículo mañana! ¡Está loco! Espera que trabaje toda la noche en el tema. ¿Qué hacer? Si le digo que no, no ve volverá a encargar nada en años y si le digo que sí, Mar me mata directamente. Resulta que hoy tenemos cena, ¡en casa! Y somos diez. Quedé que yo haría el rissoto y pondría la mesa. Mar tiene una conferencia hasta las ocho y media de la noche y cuando llegue me ha jurado que montará los aperitivos. Y los comensales están convocados a las nueve. Y para acabar de presionar hoy vienen Katerin y Alfonso, ¡y ella es puntualísima! Seguro que tocan el timbre a las nueve y un minuto. Por suerte, he visto la foto con el pecador y su caña. Es una foto de un lago de color verde pálido rodeado de Montañas, el pescador se encuentra en su barca y tiene el sedal en el agua. El paisaje humanizado me calma. Luego, he organizado mentalmente la estrategia del día para no fenecer. Primero, ni pio del encargo australiano a Mar. Se enterará esta noche cuando se vayan todos y le diga que tengo que ir al estudio a escribir. ¡Nada, amor, dentro de una hora acabo!, le diré (‘mañana será otro día’, he pensado). Segundo, de ahora a las seis de la tarde, escribo y termino el capítulo en el que estoy enfrascado. Luego, monto la mesa. ¡Por cierto! Tengo que ir a comprar unas flores para el centro. Como voy a poner un mantel crudo, compraré petunias rojas y azules. Será un centro pequeño y bajo, sutil, como debe ser. El risotto, no me preocupa, lo tengo todo. La receta es muy sencilla. Hay que decir que cocino un risotto sui generis, los amantes del canon no osarían llamarlo así.

El artículo australiano, ¡éste sí que me preocupa! Consultaré ‘El gran libro del queso’ de Teubner y otros. ¡Una joya! Sobre todo, ahora, que al estar agotado, es imposible encontrarlo si no pagas un dineral por él. Además, pienso, que tengo mucha información sobre quesos de los Bacalcanes y de Turquía, del viaje que hice en junio. Recuerdo que me encantó, el Tulum peyniri, un tipo de queso de leche de cabra madurado en cubierta de piel de cabra con un sabor muy especial. Otra línea del artículo serán los quesos de denominación de origen Mahón-Menorca, los conozco muy bien; este invierno pasado hice un recorrido por los llocs menorquines donde se produce este queso exquisito. Hablaré, por supuesto, de muchos otros; la noche va a ser muy larga. Mientras escriba el artículo, de tanto en tanto, para darme ánimo, iré observando al ‘pescador paciente’ de la foto, esperando ver si, ¡al fin!, los peces pican.