Diario de un gourmet

Mauricio de Hinx

Hoy, bizcocho. Nuestra vecina Julia está haciendo un bizcocho. El embat me trae sus aromas. Julia, es muy buena cocinera, ¡tiene mano! Uno de sus platos preferidos es el tumbet. Julia nos invita por estas fechas a tomar tumbet. A Mar y a mí nos encanta ir a casa de Julia y Ramón. Son unos exquisitos anfitriones: tienen conversación interesante, son divertidos (se ríen de sí mismos) y nos dan muy bien de comer. Ayer estuvimos en su casa.

Montaron la mesa en la terraza (una mesa para ocho), primorosamente bien puesta: individuales crema de lino, vajilla de cristal de Gordiola –los platos tenían un ribete de color caramelo que conjuntaban con los bajo platos azules. La cubertería muy simple y estilizada, ¡los cuchillos pesaban! En el centro, dispusieron unos racimos de buganvilias de varios tonos entremezclados. Una mesa perfecta para una velada especial, era el cumpleaños de Ramón. Pienso, cuando rememoro la cena de ayer, en lo importante que es, a la hora de recibir, una buena puesta en escena. El ‘arte de la mesa’ se tendría que enseñar en la escuela. Una mesa bien puesta es la mitad del éxito de una velada. Ahora, recuerdo, las magnifica veladas que organizaba una amiga nuestra, aristócrata y arruinada, en su mansión cerca de Poligate, en Sussex. Montaba una mesa para veinte comensales maravillosa; luego te daba de comer lo que podía, una sopa exquisita hecha con las hierbas del jardín y un estofado de cordero con mucho acompañamiento y poca carne. Pero a los invitados nos daba igual, era tan fantástica la puesta en escena que acudíamos encantados a esas cenas. Además, Margaret –así se llamaba nuestra anfitriona– nos deleitaba con alguna anécdota de su familia. Una vez nos contó que un tío suyo, en los años 60, viajó a Mallorca.

Pienso, cuando rememoro la cena de ayer, en lo importante que es, a la hora de recibir, una buena puesta en escena. El ‘arte de la mesa’ se tendría que enseñar en la escuela. Una mesa bien puesta es la mitad del éxito de una velada

Sí, Mark, contaba Margaret, cosa rara en un inglés (y sobre todo en aquella época) era un cocinillas. Muy bueno, comparado con nuestra media. Al volver del viaje, nos dijo que durante su estancia en la isla, entre las playas maravillosas y una cantidad ingente de Tom Collins, había aprendido a cocinar un plato que se llamaba ‘tombet’. Éste es un plato muy mediterráneo, se hace con patatas, berenjenas, calabacín, cebolla, pimientos y salsa de tomate. Lo de las patatas fue fácil, pero ¡En los 60!, ¡berengenas!, ¡aceite oliva! Era casi una misión imposible; pero al final los consiguió a precio de oro ¡Cómo no! en Harrods. Nada, tío Mark aprendió a cocinar en Mallorca un plato que en Inglaterra costaba un riñón. La botella de aceite que compró era ridícula. Se puso hacer el plato siguiendo los pasos, friendo todos los ingredientes por separado. Hubo muchos problemas, las patatas se bebieron todo el aceite de oliva que había comprado y no le quedó más remedio que utilizar para el resto de ingredientes y para la salsa de tomate, aceite de girasol. Pero bueno, he decir, que el resultado fue comible; pero dudo que al plato se le pudiera llamar ‘tombet’, ¡oh! A lo mejor era ‘tumbet’; la verdad, ahora, no me acuerdo como se pronunciaba.

En la cena con nuestros vecinos brindamos por Ramón y comimos pastel. Al principio, antes de empezar a cenar, el anfitrión, se levantó y solemnemente alzó su copa. ‘Amigos, hoy a muerto, un amado amigo nuestro, el gran Andrea Camilleri, brindemos por él y por su alter ego Salvo Montalbano. ¡Salud!’ Todos, alzamos la copa, nos miramos y bridamos’. En la mesa una magnífica greixonera repleta de tumbet esperaba humeante; seguro que tanto a Andrea como a Salvù les hubiera encantado estar con nosotros y probarlo.