Viajar para comer

A todos nos gusta viajar y en muchas ocasiones lo hacemos atraídos por algún manjar, por algún plato, por algún sabor, por algún tipo de cocina; nos gusta mucho viajar para comer. Hacemos viajes cortos para tomar una caldereta de langosta en Menorca o cortísimos para tomar un àrros brut en Sineu (los que estamos en Palma) o en Lluc (los que viven en Sineu); o largísimos, para conocer, por ejemplo, ‘Per Se’ en Nueva York. El viaje es una excusa para comer. Comer y viajar, éste es nuestro gusto.

Bertrand de Salses

Cuando viajamos recordamos el viaje por los sabores de los platos que hemos degustado. Recordamos aquel plato que tomamos un día de invierno en Zell am See, junto al lago o el plátano asado de un puesto callejero de Siem Riep o el pollo relleno de aceitunas que preparan en una épicerie de Chamonix, o el corneto que sirven junto con el café con leche en la pastelería Pansa de Amalfi. Los sabores de estos platos nos acompañaran siempre en nuestro viaje de la vida, qué como buena metáfora describe lo que hacemos aquí en nuestro mundo: viajar.

El primero, como nos explica (en la página 3) Benoît Croc-soulages, en incitar a viajar para comer fue André Michelin; en su famosa y prestigiosa guía, Michelin dirigía el viaje del lector por los restaurantes que le gustaban. Sí, me dirán que otros antes ya incitaban a viajar para comer en sus escritos, en sus novelas, en sus cuadros… Ya Marco Gavio Apicio, en la antigua Roma, incitaba a viajar al hablar de los manjares de Hispania o Renoir, que al pintar una escena de un almuerzo a las afueras de Paris introducía al espectador en un viaje gastronómico. Pero el primero que creó un método, una guía, fue el gran Michelin. De hecho le han seguido cientos, en formatos varios: guías, mapas, libros de cocina, revistas, reseñas y secciones en los periódicos, recetarios, webs, documentales para la televisión. Recuerdo, ahora, al ínclito Anthony Bourdain y sus viajes por el mundo en su magnífico programa ‘Parts Unknown’ (sí, sin duda, visionarlo es una forma de viajar sin moverte de casa; eso sí, para que sea un viaje completo hay que cocinar los platos que presenta).

Me gustan los que viajan para comer y luego nos susurran en sus libros o en sus crónicas la delicadeza de un sabor, de una textura, de una especia, de un plato, de una cocina. Gracias a ellos, nuestro íntimo universo gastronómico se expande.

En la actualidad hay un magazine que sigo mucho y que está en parte accesible en internet. Se trata de ‘Food & Travel’ (foodandtravel. com). En él se publican viajes gastronómicos por todo el mundo; además, hay una edición mejicana en castellano. Por cierto, en la edición de agosto-septiembre de este año (n° 219) se publica un prolijo artículo dedicado a la gastronomía ibicenca, con profusión de fotos y detalles muy simpáticos como un glosario de terminología culinaria de la isla donde hablan del flaó, de la greixonera o del botifarró, entre otros. En la red hay muchas entradas más, entre ellas mentar: theculinarytravelguide. com/ domircomerviajar. com/ peregrinagourmet.com / revistacontrasenas.com…

Otra forma de plantearte el viaje gastronómico, es ir sin rumbo y dejarse llevar. Aunque esta opción en muchas ocasiones es un fiasco, de repente encuentras aquel tesoro gastronómico que jamás lo hubieras conocido. Practicar la serendepia, el arte de encontrar algo sin buscarlo, suele dar sus frutos. Aún recuerdo, por ejemplo, los magníficos, sublimes, ‘spaghetti al pesto’ que tomé, hace unos años, en el ristorante Sabatini en la piazza Trastevere de Roma. Nos sentamos en el restaurante por pura casualidad, cansados de buscar el local que nos habían recomendado y se creó la magia, ¡siempre recordaré ese plato de pasta!

Me gustan los que viajan para comer y luego nos susurran en sus libros o en sus crónicas la delicadeza de un sabor, de una textura, de una especia, de un plato, de una cocina. Gracias a ellos, nuestro íntimo universo gastronómico se expande. Cuando viajas vale la pena probar la cocina del lugar donde te encuentras, disfrutar sus creaciones, saborear sus platos, porque en el fondo comer es viajar.