Café turco, la delicia de la humanidad

El café turco o café a la turca es Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad. Es la bebida que acompaña a una cultura, es motivo de conversación y de reunión; trasciende a su propia esencia matérica para convertirse en un hito vivencial, donde el presente y el futuro se aúnan.

Para hacer un buen café turco es necesario un café arábigo de alta calidad, recién tostado y molido muy, muy fino y una cafetera turca, llamada ibrik o cevze. Ésta es un bote campaniforme de metal (las genuinas son de cobre) con un asa recta y alargada que permite sostenerla sobre el fuego. Éste puede ser directo: gas, brasa o indirecto: arena. A mí me gusta más esta segunda opción, la encuentro más genuina: el maestro cafetero prepara el Ibrik con el café y el agua justa, y el azúcar ̶ si lo quieres azseker (1 terrón), orta ( 2 terrones), sekerli (3 terrones), o sada (sin nada) y lo introduce en la arena caliente, moviéndolo todo el rato, hasta el primer hervor y con mucha destreza sirve en la taza, el fican, esa primera espuma de café que se ha producido y así, tres veces, hasta llenarla. Sí se quiere se puede tomar el café especiado con anís, cardamomo, canela… En este caso lo que se hace es utilizar un agua donde se han infusionado las especias.

Otra virtud que tiene el café turco es que en sus posos se puede leer el futuro. El proceso es paciente, primero se deben enfriar los posos que han quedado en la taza, luego el comensal tapa la taza con el plato y vuelca su contenido en el aire y sin levantar la taza, se la pasa al maestro adivinador o adivinadora, y acto seguido éste la eleva y lee el futuro. No. ¡No sean incrédulos! A nosotros los occidentales se nos escapan las sutilezas de oriente.